viernes, 25 de noviembre de 2011

Un pequeño trámite burocrático

Tenía que pedir un certificado de "no sé qué" en uno de los múltiples organismos oficiales que nos invaden, y para acelerar el proceso, decido mirar por internet en la correspondiente página oficial la dirección y los documentos que debo llevar.  La primera sorpresa se produce cuando llego a la dirección reseñada en la página web y allí "ni están ni se les espera", preguntando a los vecinos me informan que hace más de un año que se fueron de esa dirección. Posteriormente me comentaron que las paginas de los Organismos de este país son "imprecisas" y no se actualizan con la debida diligencia.

Una vez averiguo la dirección correcta, me persono allí, saco my número y espero. Después de una espera de 20 minutos, mi número aparece en la pantalla indicándome la mesa 23. En ella se encuentra el simpático funcionario que me atiende, según reza en una plaquita metálica que tiene sobre la mesa se llama D. Parsimonia Lentero. Con extremada pulcritud y atención concentrada analiza minuciosamente los papeles que le entrego, una vez le indiqué mi solicitud de un certificado de "no sé qué". Cuando pasados unos largos minutos parecía que el tema se resolvía satisfactoriamente D. Parsimonia hizo una leve mueca y espetó:

-Vaya, parece que aquí falta algo.
-No es posible, le respondí, consulté los documentos necesarios por Internet.
-Por Internet a veces la información no está actualizada o está incompleta, me responde
-Me lo va a decir usted a mí, que me han remitido a una dirección que hace tiempo no es válida, ya podían tener un poco de consideración hacia los ciudadanos y hacer las cosas correctamente.

La expresión de D. Parsimonia se crispó de repente y se quedó unos segundos pensativo (imagino que lo que pensaba sería algo parecido a "este cabrón me va a joder el día"), cuando salió de su letargo me dijo:

-Yo trato de hacer mi trabajo, si tiene algún problema ponga una queja.
-Por supuesto que la voy a poner, pero yo no me levanto de esta mesa sin mi certificado.
-Bueno a mi me da igual, podemos pasar la mañana mirándonos las caras.
-Si le da igual es que usted tiene muy poco respeto por los ciudadanos que pagamos su sueldo (esta frase les suele fastidiar bastante a no ser que el funcionario sea un soberano hijo de puta), si usted no piensa darme una solución, quiero que venga el responsable de ésta oficina.

Don Parsimonia se levantó de su mesa lentamente, y sin mirarme ni decir nada, se dirigió hacia el fondo de la sala, donde había una puerta que daba a un despacho. Por el camino se detuvo a hacer algún comentario con sus colegas de trabajo, sin prisas y quizás con algo de temor se dirige al despacho de su superior que con toda seguridad estará leyendo el periódico o chateando por el messenger.

Al rato, aparece con otra persona que camina con aires de grandeza, como diciendo "a ver qué pasa aquí, que esto lo soluciono yo en un plis plas". Casualidades de la vida dicha persona era un conocido, era el sr. Sobrino (del concejal de urbanismo). Hace años cuando yo vivía en el barrio de "verparacreer" tenía una vecina que se llamaba Felisa Hermosa Fuentes, una señora viuda que vino de su pueblo natal. Tenía una hija bastante atractiva de unos 20 años que quería ser actriz, modelo o cantante; y al no ver futuro en su pueblo natal de una provincia del norte llamado Cotillas, emigraron a ésta ciudad. Su hija, Vulva Pérez Hermosa frecuentaba una discoteca donde una "saturday night fever" conoció al sr. Sobrino (del concejal de urbanismo). Así es como conocí a este tipo, que años más tarde cuando montó esa empresa por indicación de su tío para poder realizar un proyecto de "interés público" pagado por el Ay-untamiento; se compró un Mercedes y se casó con Vulva Pérez Hermosa.


-Hombre!, como estás?, parece que tenemos algún problema, no?. Explíqueme Parsimonia, que pasa?.


Después de una breve exposición por parte de Parsimonia el sr. Sobrino (del concejal de urbanismo)  dijo:


-Pero hombre, eso no es un problema, emite el certificado, que yo te lo firmo y listo.
-Nada, si necesitas alguna cosa ya sabes donde estoy, me alegro de verte.
-Gracias, siento las molestias, me imagino que estarás muy ocupado para molestarte  con cosas de esta índole, pero no es culpa mía.
-De nada hombre. Y dando media vuelta se marchó

En fin y por resumirlo, me dieron un papel para pagar la tasa de expedición del certificado, fui al banco, pagué y volví al mostrador donde me indicaron y allí  me lo entregaron. Una mañana entera perdida para un certificado. Una mañana de éxito pues lo había conseguido.

martes, 15 de noviembre de 2011

La Jungla

Dos años en Vietnam. El Horror. El desapego y desarraigo a todo menos a tu propia vida. La Jungla. Jefe de comandos en incursiones secretas. Operaciones de duración de hasta un mes. No conocía a nadie, tampoco lo necesitaba. De seis a diez hombres como mucho. Sólo conocía sus nombres o alias, no nos interesaba nada más; si uno tenía novia de pelo rubio y ojos azules, si el otro estaba casado y tenia dos hijos, o si aquel era de Nebraska. Prácticamente no hablabamos entre nosotros. Antes de la incursión había una reunión donde nos presentabamos, nos indicaban el objetivo, se establecía el procedimiento, cuatro comentarios y una vez empezaba la incursión nuestra comunicación se basaba en la mímica. Parecía un grupo de sordomudos de excursión por la selva.


En la jungla tus sentidos cambian, se afinan, entras en otra dimensión en cuanto a lo que percibes. Para mí, el principal sentido es el auditivo. Entra en una fase de hipersensibilidad que incluso puede llegar a ser molesta. El oído lo capta todo, es como un radar, identifica los sonidos, los sitúa, los dimensiona y diferencia perfectamente el origen. Cuando llevo 2 o 3 días en la jungla mi oído llega a su estado óptimo, puedo oír moverse una serpiente a 30 metros de distancia y saber que es una serpiente y hacia donde se mueve, puedo oír el aleteo de cualquier insecto que se mueva a mi alrededor, puedo oír el chasquido de una rama, el baile de las hojas y saber si lo ha producido un animal, el viento o una persona.


Sí, evidentemente está la vista, para mí el segundo sentido en importancia y que también se me agudiza, pero el oído es algo especial y lo más importante. Y tan fundamental es oír como no ser oído. Hay que mimetizarse con la jungla, ser invisible y sobre todo silencioso.


Veinte operaciones en dos años y sólo dos bajas. Uno de los cuerpos se pudo sacar de allí y el otro quedó a merced de la jungla. Yo era el responsable en tomar esas decisiones. Cuando los cuatro que estaban alrededor del cuerpo de Roy clavaron sus miradas en la mía, esperaban una decisión. En pocos segundos valoré la situación (zona insegura, cuerpo destrozado y posible punto de extracción lejano) e indiqué dejar el cuerpo y largarnos de allí. Silencio absoluto, coger la identificación, sacarle una foto y todos en movimiento. Nunca se cuestionaba ninguna orden. En la jungla, yo no tenía sentimientos, ni siquiera alma, cuando entraba allí se hacía poco a poco tan pequeña que desaparecía; si alguien moría me dejaba indiferente. Para mí sólo era un trabajo y si una pieza fallaba se sustituiría por otra.  


La jungla me gusta, en especial esos días de lluvia, sentado bajo un inmenso árbol escucho el concierto de gotas que golpean la vegetación y espero, disfruto de esa música mientras aguardo como un depredador infalible que aparezca mi próxima víctima.


Cuando regreso, bien en Saigón o en Na Trang, necesito 3 ó 4 días de descompresión. Metido en la habitación, sin salir, sólo alimentarse, dormir; dormir, dejar la mente en blanco y procurar que la sensibilidad auditiva se endurezca, que pueda soportar el ruido de la calle, de la gente. Después de ese proceso, gafas de sol y pasear por las calles y mercadillos intentando controlar el estrés y la agresividad. En una semana mis sentidos se estabilizan, se normalizan, mi alma, antes oculta, empieza a crecer y vuelvo a ser un ser humano como otro cualquiera.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Hiromi Uehara

La conocí hace años en un concierto de Jazz en el que ella acompañaba con el piano, aún llevaba coletas, y con esa imagen infantil de las japonesas parecía una niña de 14 años que casi tenía que correr de un lado a otro del piano para abarcar todo el teclado.

Su técnica y energía tocando el piano la caracterizan, formada inicialmente en la música clásica y luego en el jazz, trasmite la esencia de esa música con su estilo propio y fraseos a lo "Oscar Peterson", maestro del que recibió clases.

En los últimos 4 ò 5 años destaca como pianista y compositora, realizando giras y actuaciones por todo el mundo con su grupo y con músicos como Stanley Clark y Chick Corea.

Sus actuaciones en directo me gustan además de por la parte musical, por su expresividad y presencia en escena. Es sensible y divertida. Me gustan también sus cambios de "look".

Hay bastantes vídeos en YouTube, os dejo alguno que espero guste.



 




Este es un poco más largo, pero aguantar para ver una exhibición de piano solo.