martes, 15 de noviembre de 2011

La Jungla

Dos años en Vietnam. El Horror. El desapego y desarraigo a todo menos a tu propia vida. La Jungla. Jefe de comandos en incursiones secretas. Operaciones de duración de hasta un mes. No conocía a nadie, tampoco lo necesitaba. De seis a diez hombres como mucho. Sólo conocía sus nombres o alias, no nos interesaba nada más; si uno tenía novia de pelo rubio y ojos azules, si el otro estaba casado y tenia dos hijos, o si aquel era de Nebraska. Prácticamente no hablabamos entre nosotros. Antes de la incursión había una reunión donde nos presentabamos, nos indicaban el objetivo, se establecía el procedimiento, cuatro comentarios y una vez empezaba la incursión nuestra comunicación se basaba en la mímica. Parecía un grupo de sordomudos de excursión por la selva.


En la jungla tus sentidos cambian, se afinan, entras en otra dimensión en cuanto a lo que percibes. Para mí, el principal sentido es el auditivo. Entra en una fase de hipersensibilidad que incluso puede llegar a ser molesta. El oído lo capta todo, es como un radar, identifica los sonidos, los sitúa, los dimensiona y diferencia perfectamente el origen. Cuando llevo 2 o 3 días en la jungla mi oído llega a su estado óptimo, puedo oír moverse una serpiente a 30 metros de distancia y saber que es una serpiente y hacia donde se mueve, puedo oír el aleteo de cualquier insecto que se mueva a mi alrededor, puedo oír el chasquido de una rama, el baile de las hojas y saber si lo ha producido un animal, el viento o una persona.


Sí, evidentemente está la vista, para mí el segundo sentido en importancia y que también se me agudiza, pero el oído es algo especial y lo más importante. Y tan fundamental es oír como no ser oído. Hay que mimetizarse con la jungla, ser invisible y sobre todo silencioso.


Veinte operaciones en dos años y sólo dos bajas. Uno de los cuerpos se pudo sacar de allí y el otro quedó a merced de la jungla. Yo era el responsable en tomar esas decisiones. Cuando los cuatro que estaban alrededor del cuerpo de Roy clavaron sus miradas en la mía, esperaban una decisión. En pocos segundos valoré la situación (zona insegura, cuerpo destrozado y posible punto de extracción lejano) e indiqué dejar el cuerpo y largarnos de allí. Silencio absoluto, coger la identificación, sacarle una foto y todos en movimiento. Nunca se cuestionaba ninguna orden. En la jungla, yo no tenía sentimientos, ni siquiera alma, cuando entraba allí se hacía poco a poco tan pequeña que desaparecía; si alguien moría me dejaba indiferente. Para mí sólo era un trabajo y si una pieza fallaba se sustituiría por otra.  


La jungla me gusta, en especial esos días de lluvia, sentado bajo un inmenso árbol escucho el concierto de gotas que golpean la vegetación y espero, disfruto de esa música mientras aguardo como un depredador infalible que aparezca mi próxima víctima.


Cuando regreso, bien en Saigón o en Na Trang, necesito 3 ó 4 días de descompresión. Metido en la habitación, sin salir, sólo alimentarse, dormir; dormir, dejar la mente en blanco y procurar que la sensibilidad auditiva se endurezca, que pueda soportar el ruido de la calle, de la gente. Después de ese proceso, gafas de sol y pasear por las calles y mercadillos intentando controlar el estrés y la agresividad. En una semana mis sentidos se estabilizan, se normalizan, mi alma, antes oculta, empieza a crecer y vuelvo a ser un ser humano como otro cualquiera.

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