martes, 27 de noviembre de 2012

P R A G A

LUCES DE BOHEMIA    (cap. 4) 

                    Subtítulo: "La historia no contada de un suceso policíaco o  el triángulo inverso".




Cuando los visitantes  de aquella  ONG  miraban a los mutilados por las minas, lo hacían con compasión, tristeza y hasta con ternura. Les resultaba conmovedor la visión de los más jóvenes, la mayoría entre 10 y 15 años, y de algún adulto al que además de miembros amputados tenía quemaduras y desfiguraciones en el cuerpo y cara.

Les sorprendía la alegría que todos en general transmitían, pero en particular los  más jóvenes y adultos  como Guillermo. Así es como lo había bautizado el ex-jesuita que estaba al frente de esta organización.

Guillermo era un tipo amable con los visitantes, y estos le agasajaban con simpatía, aunque la visión de su cuerpo podía producir terror.

Claro está que los visitantes no lo sabían, quizás tampoco el padre José, o si pero,  como buen cristiano lo había perdonado y redimido.

Yo si que conocía a Guillermo, fue narcotraficante, proxeneta, vendía armas y tenía varios muertos a su espalda. Tenía una larga trayectoria como delincuente, un tío frío, indiferente con los demás, cruel y malo.

Ahora, al verlo en aquella situación, parecía un santo inocente que sufría la desdicha causada por gente malvada que puso durante la guerra minas antipersona. Ironías de la vida, diría alguien. A mi no me hubiera importado que la mina hubiese acabado con él.

El padre José me daba tan mala espina como Guillermo. Sus ademanes y exceso de "tocamientos" con los chavales  y ciertas actitudes me parecían bastante sospechosas.

Pero que más da, Camboya está llena de ONG`s y fundaciones de ayuda al desarrollo que son un puto circo de mierda.

Tenía ganas de largarme de ahí, así que fuí al grano, pregunté por "Robespierre" y me dijeron que estaba en la ciudad. Volverá a comer, me informó la chica que me atendió.

Mi viaje a Camboya tenía un objetivo unicamente lúdico, pero aprovechando la ocasión el "General"  pidió que me llevara un pequeño paquete para entregar a un amigo suyo que se encontraba por allí. Me dió sus datos, la dirección y el día que debía encontrarme con él.

Después de dos horas regresé y me dijeron que Robespierre me esperaba en el comedor. Estaba sentado en una mesa tomando un refresco. Le calculé unos 70 años, parecía robusto y fuerte, su pelo denso y  blanco brillaba como una estrella. Me invitó a tomar algo y mantuvimos una conversación amable y superficial. Comentó que era ex-militar alemán jubilado desde los 63 años y repartía su vida entre Praga, donde vivía entre Mayo y Octubre , y el sudeste asiático donde pasaba el resto del año huyendo del frío invierno centroeuropeo.

Cuando paseaba por el barrio de Vinohrady de Praga y doblé hacia la calle Jugoslávská en dirección al río, dos coches patrulla de la policía entraban en una de las calles a mano derecha. Aquél día estaba cansado y no reaccioné de forma ágil en observar los detalles al pasar por la calle que estaba cerrada al paso en sus dos extremos por esa cinta de precinto que utilizan. Continué hacia abajo, si bien por un momento me asaltó la tentación de pararme e indagar un poco. Mientras yo bajaba, otro coche patrulla subía junto con otro  sin identificaciones que arrastraba un remolque parecido a esos vehículos que utilizan o utilizaban los Tedax. Pensé que debía ser algo importante con tanto despliegue policial, pero mi interés era menor que mi cansancio.

Sin embargo, al día siguiente mientras llevaba a cabo mi rutina, me surgió el recuerdo de ese suceso. Empecé a realizar cábalas sobre las posibles causas (un crimen, un aviso de bomba). Evidentemente  como carecía de datos para especular sobre lo ocurrido se me ocurrió buscar información mediante internet y radio Praga, pero no había noticias al respecto.

Me vino a la memoria Robespierre, que cuando lo conocí me comentó que vivía por esa zona,  además el "feeling" que detecté en él era de un tipo que se había movido y trabajado en ambientes del espionaje militar. Praga, para mí, sigue siendo la ciudad de los espías (si también la ciudad de las 100 torres, la ciudad de la música, la ciudad romántica, etc.), en ella se cuecen muchos asuntos mafiosos y políticos entre bambalinas, y su situación política interna después de la muerte de Havel es algo turbia (si, como en el 90% de los países). 

El hecho de no encontrar ninguna información una vez pasados 3 días, lejos de hacer que lo olvidara, incrementó notablemente mis deseos por averiguar. Las noticias de sucesos que aparecían en los medios hacían referencia al caso de las bebidas alcohólicas adulteradas que habían causado varios muertos, al incremento en la posesión de armas entre la población y a la detención en República Dominicana de 7 de los delinquentes más buscados por la policía Checa. A nivel general, a parte de las noticias sobre protestas del sector sanitario, estaba la reunión del Foro 2000, la visita de Madeleine Albraith y los movimientos políticos que se estaban produciendo de cara a las próximas elecciones.

Toda esta historia empezaba a obsesionarme y no paraba de darle vueltas al asunto. Me quedaba ya poco tiempo en Praga, tres días, y no quería irme sin despejar las incógnitas sobre lo ocurrido. Dado que los medios de comunicación son opacos y no informaban de nada, me decidí en recurrir a uno de los pocos conocidos que tengo en esta ciudad y que tiene amplias relaciones sociales. Le llamé con la excusa de despedirme y le sacaría el tema sutilmente para que no pensara que estaba loco.

En la cafetería donde nos vimos había un ambiente muy tranquilo. Valtar es un checo de 50 años de clase alta, tiene varias tiendas de ropa, es músico en activo y ha sabido invertir y rentabilizar muy bien su dinero. Es persona muy culta, amante del arte en todas sus manifestaciones, algo rebelde y con un análisis crítico muy fino sobre cualquier aspecto de la vida. Es también un buen amigo con el que no puedo estar todo lo que me gustaría. Mientras degustábamos unas cervezas y hablábamos de varios asuntos, le dejé caer la historia que me obsesionaba y le comenté mi encuentro en Camboya con Robespierre. Le indiqué mi interés por localizar a ese viejo ex-militar alemán y le pregunté si podía ayudarme en todo eso. Valtar me comentó que estaba muy ocupado y que en un día saldría de viaje a Alemania. En cualquier caso, pensó que lo mejor sería ponerme en contacto con una amiga suya periodista y escritora que se dedicaba a temas de sucesos y judiciales. El le telefonearía para que la conociera y hablara con ella.

Al día siguiente del encuentro con Valtar, me llamó para darme la dirección a la cual me debía dirigir esa misma tarde a las 5 p. m. para entrevistarme con su amiga Rodina.

Ella vive en un edificio señorial en la zona de Nové Mesto. Cuando entraba en el patio e inicié la subida por la escalera, la falta de luz no me dejó apreciar bien una mujer espigada que en ese momento bajaba. Pero cuando estaba a pocos metros de mi, a punto de cruzarnos, la reconocí. Era la azafata y dependienta de la tienda de Prada. Pusimos los dos cara de sorpresa.

-Hola, vaya sorpresa-, le dije.

- Hola, que tal te va, veo que sigues en Praga-,    respondió ella.

- Sí, he prolongado mi estancia unos días. Tú vives en este edificio-, le pregunté.

- No, vengo de visitar a una amiga.

- Se llama Rodina, por casualidad?-, le interpelé.

- Sí, la conoces?.

- No, es amiga de un amigo y voy a conocerla ahora.

- Vaya es curioso.., bueno lo siento pero tengo prisa y debo marcharme-, dijo mientras comenzaba de nuevo a descender por la escalera.

- Cómo te llamas?- le pregunté instintivamente mientras se alejaba.

- Petra-, dijo con una sonrisa a la vez que con su mano derecha hacía el gesto de despedida.

Por un momento me sentí como Mike Hammer, cuando de forma inesperada tenía la visión de "la mujer del vestido rojo", visión que a los pocos segundos desaparecía. Me quedé mirándola salir del patio y me vino a la mente su profunda mirada en la cual vi un cartel que decía: Cuidado, peligro.

Abrió la puerta una mujer de unos 35 años, con los ojos redondos y grandes, su pelo moreno lo llevaba cortado a "lo chico" y no debía de medir más de 1,60 de altura. Con su cara de expresión simpática y mirándome fijamente a los ojos dijo: - Hola, soy Rodina.

Yo me presenté, mientras me hizo pasar al interior de la vivienda. La casa era de aspecto frío, con pocos muebles, llena de libros, revistas y papeles por todas partes. Me invitó a un té.


Y.... de momento hasta aquí puedo contar. Fin del cap. 4 (y último por ahora de Luces de Bohemia).


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